sábado, 18 de enero de 2014

招待状 (La Invitación)

Por: Jesus David Guerra

Un paso adelante, me detengo, dos atrás, lo pienso. Un paso adelante. Volteo y miro hacia atrás para contemplar el sendero que queda tras de mi. Son los vestigios de un camino de tierra, árido, polvoriento; cubierto casi por completo en esta época por la inmensa cantidad de hojas secas caídas de los árboles que lo escoltan.

Grandes y antiguos cedros de enormes ramas como brazos, amontonados a lo largo de la vereda. El bosque respira conmigo. Bocanadas de aire, sacudida del viento que con cada inhalación hace caer las pocas hojas que penden de sus ramas. Observo absorto la nevada de vegetación muerta que cae a los pies del camino, a mis pies.

Pienso en ella, en Amanda, en su cabello largo y liso, negro como la noche, hondeado por el viento; que en su rebeldía deja ver su rostro, y la sonrisa a media luna dibujada en su cara que me invita a amarla por siempre, y a seguirle.

Creo ver su imagen a lo lejos, detrás de aquellos arbustos tras la espesa neblina que empieza a bajar al final de la fría tarde. Sí, esta justo detrás, sonriendo, encantada al fin de verme ahí. Doy varios pasos en su dirección, camino hacia ella, con el crujir de la hojarasca seca bajo mis pies. Lentamente, deseando alcanzarle, pero a la vez queriendo tenerle siempre ahí, frente a mí.

Un paso adelante, me detengo, dos atrás, lo pienso.

Súbitamente ya es de noche. Miro alrededor en busca de vida, de alguien, de Amanda. No está. Tras de mi se ha borrado el camino. Estoy en medio de un bosque repleto de árboles altos de troncos enormes y raíces salvajes que sobresalen del suelo marchito. Casi no es posible caminar pues las raíces lo cubren todo. Se entrelazan, se prensan, se estrangulan conformando formas fantasmales que solo la mente humana puede discernir. Camino cautamente entre las raíces para cruzar al otro lado de una enredadera entre dos árboles pero la estrechez no me deja pasar, y quedo atrapado por el cuello entre las ramas de la enredadera. Un grito ahogado seguido por los jadeos de mi respiración acelerada son los únicos sonidos que emanan del bosque. Luego silencio.

Mi vista se nubla, y todo se distorsiona. En mi mayor lucha por zafarme de las ramas, más resistencia tengo de ellas, y su presión recrudece sobre mi garganta. Falta de oxigeno. No puedo respirar. De repente, frente a mí a pocos metros, en el umbral de la oscuridad del bosque, logro ver con mis ojos casi cerrados por la asfixia, la imagen de Amanda, igual que antes, bella, con la mirada tímida bajo estelas de su abundante cabello negro. Su sonrisa cómplice me inyecta la voluntad para resistir y la fuerza para intentar liberarme. El amor de Amanda, mi amor por ella, la fuerza más allá de lo posible. La sacudida de la enredadera al zafarme produjo un estruendo que se proyectó en todas las direcciones del bosque como el sonido seco de un látigo, amplificado a la enésima potencia. Libre.Era la prueba de que el amor todo lo puede.

Ya liberado, pude contemplar a Amanda en todo su esplendor, ni tan lejos, ni tan cerca, pero lo suficiente para admirar la calidez de su blanca piel, el doblez cautivador de sus labios, y el brillo inagotable de sus ojos negros bajo luz de la luna que se desliza entre los cedros.

Luego de eso, el silencio.

Un paso adelante, me detengo, dos atrás, y lo pienso.

Ante mi la inmensidad del bosque, el enigma de por qué estoy allí, no lo recuerdo, y de nuevo la ausencia de Amanda. Perseguido por un sonido tras de mi que con cada respiración que doy se hace más fuerte. La sacudida de las enredaderas, el látigo estallando en la oscuridad, el sonido de mi libertad convertido en un tormento. Acelerando mí caminar para salir del bosque, solo consigo que con cada paso que doy se reproduzca como un trueno el batir del látigo. Tiene que parar, tengo que parar.

Rostros difusos tras las sombras empiezan a aparecer. Sus miradas me perforan la piel cual cuchillos, y siento las ansias desenfrenadas de apagar una por una las luces de todos esos ojos que se han posado sobre mi. De pronto, todo el bosque a mi alrededor se ha llenado de ojos luminosos, sombras quietas, estáticas que no están ahí para actuar, sino para contemplar.

Alejarme de ellas es imposible pues están en todas partes. Camino intentando ignorarlas, en busca de mi amada, revisando cada espacio del bosque, cada roca, cada árbol, cada cuerpo.

Cada cuerpo…

El horror me abraza y el frío del bosque finalmente se mete dentro de mí. Pongo mis manos al frente para darme cuenta de que están llenas de sangre, una sangre que no es la mía. Miro a mi alrededor y todas las luces de los rostros del bosque se apagan mostrándome al fin a los espectadores de mi periplo. Decenas, centenares de cuerpos colgando de las ramas de los árboles, ahorcados, estrangulados, mutilados, destilando sangre negra, marchita, sangre que como una nevada de muerte cae a los pies del camino, a mis pies. Y tras de mi, la invitación.
El cuerpo descompuesto de Amanda cuelga de un gran árbol, estrangulado, y su rebelde cabello largo y negro cubre la mayor parte de su rostro, solo dejando ver el resplandeciente brillo de la luna en uno de sus ojos, y la sonrisa ensangrentada en sus labios; aquella que me convida a ser libre. Mirándola fijamente me doy cuenta de que está encantada al fin de verme ahí.

Sobre la rama de un árbol, doy un paso adelante, me detengo, dos atrás, y lo pienso por ultima vez. Pienso en Amanda, quien ahora me observa desde abajo, delicadamente recostada al pie de un árbol, esperando a que me acerque una vez más a ella. Respiro bocanadas de aire de un bosque que hiede a muerte y de una vida que hiede a algo mucho peor, pero el amor de Amanda me invita a seguir… sí, es la prueba de que el amor todo lo puede. Un paso adelante…

Mi cuerpo cae de súbito, colgado de la rama en la que estaba de pie. Siento, una vez más sobre mi cuello, el fuerte abrazo de la enredadera y el estruendoso latigazo de la soga de yute al tensarse… el bosque me da la bienvenida y Amanda la libertad.

Finalmente puedo contemplar para siempre a Amanda en todo su esplendor, ni tan lejos, ni tan cerca, pero si lo suficiente como para admirar por toda la eternidad, la palidez de su blanca piel, el doblez cautivador de sus labios, y el brillo inagotable de sus ojos negros, muertos bajo luz de la luna que se desliza entre los cedros.

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