Por: Jesus David Guerra
El puntero del mouse estaba fijo sobre la equis de “cerrar” de un programa en el monitor del computador, y en el que tenía trabajando más de 6 horas seguidas. El protector de pantalla con burbujas que rebotan se había encendido como muestra de una inactividad mayor a 10 minutos. Reclinado hacia atrás sobre mi silla, y frente al computador, mis ojos se centraban en el brillo fluorescente de la lámpara de tres bombillos que estaba justo sobre mi cabeza.
El puntero del mouse estaba fijo sobre la equis de “cerrar” de un programa en el monitor del computador, y en el que tenía trabajando más de 6 horas seguidas. El protector de pantalla con burbujas que rebotan se había encendido como muestra de una inactividad mayor a 10 minutos. Reclinado hacia atrás sobre mi silla, y frente al computador, mis ojos se centraban en el brillo fluorescente de la lámpara de tres bombillos que estaba justo sobre mi cabeza.
Además de mi, no había nadie más en la oficina con quien hablar y despejar un
poco el sueño que empezaba a invadirme. El frío del aire acondicionado era mayor
cuando no habia muchas personas así que inevitablemente debía ir con mi chaqueta a
cualquier parte del edificio porque este estaba prácticamente vacío a esa hora
de la noche.
Otro turno más, decía yo. Estaba acostumbrado a trabajar
de esa manera y en esas condiciones, pero ese día me sentía más cansado y
susceptible que otras veces. Mientras miraba como hipnotizado la luz de la lámpara,
meditaba sobre el silencio envolvente de la oficina cuando no hay nadie
alrededor.
Era curioso, pero noté que en total soledad se podían escuchar
prácticamente los sonidos de todas las cosas. Escuchaba el zumbido largo de la
lámpara fluorescente sobre mi, que competía con el rugir atragantado de la cafetera casi vacía,
colando restos de café con aire, que a su vez contrastaba con el burbujear del
filtro de la pecera de la oficina. El lugar era un zoológico que la mayor parte
del tiempo pasaba desapercibido ante el escandaloso circo de traqueteos de zapatos, zigzagueos de
impresoras, y rin-rines de teléfonos que se presentaba durante los turnos
diurnos. El sitio era un enorme enjambre
de cubículos de tabiquería de tela, típico de las oficinas de
telecomunicaciones, que en día albergaba a más de 80 personas pero en la noche
cobijaba a solo una.
La única compañía que podía tener durante la noche tenía
que salir a buscarla, ya fuese en los pasillos u otros pisos del edificio, o en
el peor de los casos, en el estacionamiento en la planta baja. Los guardias
nocturnos, que en el mejor de los momentos llegaban a ser tres, se dividían el
titánico trabajo de inspeccionar todos y cada uno de los 37 pisos del enorme
edificio, sin mencionar estacionamientos, casas de máquinas, y almacén de
servidores.
Rara vez pasaba alguno por el pasillo cercano a mi oficina porque
casi siempre se limitaban a sacar la cabeza por el ascensor y hacer el check
rápido de los pisos más altos, alegando en su defensa que cualquier ladrón o intruso
que se atreviese a subir más allá del piso 20, solo tendría una escapatoria:
lanzarse de alguno de los ventanales, por eso, ¿para qué molestarse?. De
cualquier modo, los guardias eran una buena fuente de distracción nocturna y
una Biblia de chismes y cuentos de todo tipo. Por lo que me acostumbré a
buscarlos por los pisos.
Me levante y salí. Luego de un rato de subidas y bajadas
en los ascensores sin ver a nadie, conseguí a uno de los vigilantes escuchando
música y tomando aire en uno de los balcones externos del piso 29.
-
¡”El
señor de la noche”!, ¿como está todo? – le dije.
-
Aquí.
Musiquita. Está como fría lo noche ¿verdad?
-
¡No
hombre!. Aquí siempre hace frío. Estás como si fuera tu primer día aquí – le
dije mientras sacaba un cigarrillo de la chaqueta.
-
Bueno
tu sabes, aquí hay que andar así para no irse de boca una noche de estas. Tú
sabes, hay que andar al pendiente de toda cosa pues.
-
Ah
si, de los espíritus – respondi con sorna.
-
Déjate
de los sarcasmos Roberto que con esas cosas no se juega – me respondió
cuidadoso mirando a ambos lados de si mismo – si te echaras una paseada por los
pisos así como nosotros, y vieras lo que hemos visto, no estarías con esa
tontería.
-
Ah,
pues. Vamos a dejar la cosa hasta ahí que vine aquí fue a fumar y no a pelear –
le refuté.
-
Ok,
te sigo esa, pero no le faltes el respeto a lo que no conoces – y se quedó
mirando hacia el frente, recostado de la baranda del balcón, concentrado, mirando hacia algo lejano en el horizonte, perdido entre las luces de la ciudad.
El edificio donde trabajaba tenía entre los vigilantes la
fama de estar endemoniado o embrujado. Todos los vigilantes que conocí que
trabajaban en turnos rotativos coincidían en que al menos una vez en sus turnos
habían visto en los pisos y pasillos cosas que no podían explicar. Vieron
puertas que se cerraban solas en oficinas vacías, sombras transitando frente a
las cámaras de seguridad, cosas cambiadas de sitio en lugares vacíos como
depósitos y almacenes, sonido de metras rebotando en los techos, ascensores con
todos los botones pisados sin que hubiese nadie más en el edificio. Es cierto
que podía ser una gran broma que se jugasen los guardias entre ellos para
dominar el sueño pero, el caso es que todos los vigilantes que habían pasado
por el edificio no se habían ido de él con una risa en sus rostros.
El último que se había ido lo había hecho por razones
médicas, sin embargo, la última vez que hable con él se despidió de mi con un
<Tenga cuidado por los pasillos hermano, cuando pase la medianoche, trate de
quedarse en su puesto, y no vea mucho para los lados>. En ese momento yo le
contesté con un “no seas pendejo”, y casi siempre esa era mi respuesta para los
vigilantes que querían hacerme el juego del miedo en el trabajo. Para mí, el
edificio era demasiado nuevo como para albergar cosas del mas allá y yo solo le
dejaba algo de crédito a las casas embrujadas de madera o a los castillos
medievales.
El sustituto del último vigilante fue, para variar, una
mujer. De unos 28 años, blanca como el papel, pequeña y regordeta, con porte y actitud de hombre, pero dotada de atributos femeninos grandes y firmes que impedian a cualquiera confundirle con un varon. Igualmente su rostro era muy femenino, lo que mejoraba todas las demás cosas que le complementaban.
Tenía dos días en el puesto, y los otros dos vigilantes no hacían más que
hablar de ella cuando apenas se les presentaba el momento.
-
Y
ya te fijaste en la catira Roberto? –
-
Si,
pero no me la he cruzado por ahí para hablar con ella – le dije
-
¡Eso
si que está rico!. Yo no se que enfermedad tengo pero para mi no hay nada más
erótico que una mujer empistolada. – dijo el sereno entre risas.
-
Pues
sí que estas enfermo, y se nota de lejos que no estas casado.
-
¡Ah
no, eso es otra cosa!. Estando casado la pistola la cargo yo. –
-
Y
por cierto, ¿donde está la chica? - le interrumpi la emoción
-
Me
la conseguí hace un rato por el 27, parece que iba a subir para tu piso
después.
-
Oye,
voy a subir para ver si me la cruzo por “accidente” –
-
Dale
pues, pero cuidado con lo que te encuentras subiendo –
-
¡Que
pendejo eres! – le dije cuando me alejaba.
Subí a toda carrera por las escaleras esperando llegar
antes que la muchacha. Cuando llegué a mi piso no había nadie en el pasillo
principal. Miré hacia el indicador numerico del ascensor y este indicaba que estaba parado en el piso 27.
<<Tiene rato ahí>> pensé. Me metí por los espacios abiertos de la
gran oficina principal e inspeccioné rápido los cubículos a ver si había algún
cambio que indicara que ya había pasado por ahí. No había nada. Por último,
volví al pasillo de entrada y mire el piso a la salida del ascensor. No había
marcas de botas, solo las marcas de mis zapatos de cuando había bajado. Ella no
había pasado por el piso todavía.
Me metí en mi cubículo a esperar que subiera. La vista
desde mi escritorio daba de lejos con la puerta del ascensor, así que podía
saber cuando ella entrase. Al cabo de unos diez minutos ya me había cansado de
esperar a la vigilante, y tenía la cabeza recostada sobre el escritorio sin
avanzar nada del trabajo pendiente.
De repente, se escuchó la capanita de arribo que hace el
ascensor cuando está por llegar al piso. Me reincorporé en mi asiento y fijé la
vista en la puerta. Cuando la puerta se abrió, para mi sorpresa, no había nadie
dentro. Me aclaré la vista para ver de nuevo el ascensor y, en efecto, había
llegado vacío. Lo que en principio me pareció extraño se convirtió en jocoso
cuando por mi mente pasó la idea de que todo fuese una broma pesada del
vigilante del piso 29. <<Muy gracioso, mandarme el ascensor vacío>>
pensé. Me levanté y fui hacia el ascensor, lo inspeccioné y no ví nada extraño
ni dentro ni fuera de este.
<<Bonita broma>>, pensé, y pulse el botón del piso 29 para mandarle de vuelta el ascensor.
Las puertas se cerraron. Me quedé mirando el indicador
triangular de arriba del ascensor hasta que indicó el numero 29. Se quedó fijo
unos segundos. Yo no quise esperar tanto y me di la vuelta hacia mi cubículo. A
medio camino, se escuchó de repente el sonido que emiten los motores de los
ascensores al activarse. Giré la cabeza y vi nuevamente el indicador del
ascensor. 30…31.
Tomé de mi cinto el comunicador de la empresa y activé el
canal de los vigilantes.
-
Adelante
Ramón – dije al aparato.
-
Aquí
Ramon, dime Roberto – respondió luego de unos segundos.
-
¿Puedes
decirme cual es la tontería de mandarme el ascensor? – le dije casi gritando y
molesto.
-
¿Como? –
-
Tu
sabes de lo que hablo, ¿cuál es la estupidez de estar mandando el ascensor para
acá arriba?.
En ese instante, el ascensor se abrió de nuevo y una vez
más estaba vacío.
-
Me
mandas el ascensor, te lo devuelvo para que dejes el juego y ¿aún así sigues? –
le grité
-
Rober…
- hubo una pausa – ¿tu sabes donde estamos nosotros?
-
En
el piso 29, o ¿acaso se te olvidó que me viste hace 20 minutos?
-
Roberto,
apenas te fuiste bajé a buscar a José al piso 12. Estamos en la caseta del
estacionamiento en planta baja desde hace 10 minutos.
-
¿Que?
– le grité efusivo – estas jugando.
-
No
estoy jugando contigo, tengo rato hablando con José aquí abajo – respondió - ,
espera, déjame salir un momento.
Se oyó en el comunicador un sonido de pisadas mientras que yo
ahora miraba fijamente el ascensor.
-
Ok,
aquí estamos, - dijo - saca la cabeza por tu ventana, ¿puedes ver?
-
¿De
qué hablas? –
-
Que
abras la ventana de tu oficina para que veas que estamos abajo en el
estacionamiento.
<<No puede ser>>. Salí
rápidamente a desbloquear la ventana y abrirla para mirar hacia abajo.
-
¿Puedes
vernos Roberto? – se oyó la voz en el comunicador – estamos cerca del
transformador al lado de un poste cercano a la caseta.
Miré hacia allá, y pude ver a la distancia la figura de
dos personas, una de ellas movía un brazo en señal de saludo desde planta baja.
Mis ojos no lo podían creer.
-
Adelante
Roberto, repito, ¿puedes vernos?
Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de tener
puesta mi chaqueta. No respondí al comunicador y me quedé mirando la puerta
abierta del ascensor.
Me salí del cubículo, cubriéndome por los espacios de
oscuridad que había en la oficina por la poca iluminación, y me acerqué
lentamente al corredor del ascensor. Inspeccioné a distancia el exterior e
interior del ascensor y no vi nada fuera de lo normal. Era costumbre que, por
un fallo por falta de mantenimiento, las puertas se quedasen abiertas al llegar
a un piso, y no cerraran como lo deberían hacer los ascensores modernos, pero
nada sobrenatural estaba pasando. Salí a la claridad, más confiado, y me
acerqué a la puerta.
Metí la cabeza. Mire adentro, arriba, abajo. Nada. Esperé
un segundo afuera mirando el indicador al tope del ascensor con el número 35
marcado en digital. De repente, como magnetizado, bajé la cabeza al suelo y vi
nuevamente las huellas que estaban en la entrada del ascensor. Estaban las
mías, pero ahora estaban acompañadas de dos tipos de huellas muy diferentes.
Una de ellas era la marca de un zapato rústico, tipo montañista, de talla
corta, perfectamente ajustable a una persona de baja estatura. La otra resultó
claramente desconcertante pues tenía la marca de un zapato de hombre, de tacón
con suela lisa, tipo calzado de vestir y de talla media. Ambos tipos de huellas
estaban marcadas con tierra y el primer par se dirigía en forma errática hacia
la entrada de mi oficina, mientras el segundo par imitaba el mismo patrón justo
detrás.
Nadie había entrado por ese ascensor cuando se abrió, y
las huellas salían de él. Sentí más frío y giré la cabeza hacia la cámara de
seguridad del corredor. Estaba encendida. Tenía que haber alguna prueba lógica
de lo que estaba pasando. Me acerqué un poco más a las huellas para examinarlas
y noté que a un lado de ambas había marcas sucesivas circulares de tierra como
de 3 cms de diámetro que aparecían a intervalos regulares con cada huella que se
marcaba.
<<No seguiré más con el juego>>. Decidí no
dejarme llevar más por la extraña circunstancia de las huellas y salí por una
puerta lateral del corredor que me llevaba al gran balcón principal de ese
piso. <<Me fumaré un cigarrillo y bajaré a ver lo que indican las
cámaras>>
Quería simular control sobre mi mismo pero el hecho es
que fue claramente difícil encender el cigarro por el temblor involuntario de
mis manos. Desde el balcón abierto se podía ver mi oficina a través del vidrio
y más allá, el ascensor abierto, iluminado por la luz amarilla del corredor. Lo
miré una vez más y luego me di la vuelta hacia la vista de la ciudad por el
balcón.
Afuera no había ningún otro ruido además del viento que
se deslizaba suavemente por los espacios que daba el edificio. Las luces de la ciudad brillaban
intensas, como siempre, solo que esta vez, las apreciaba con mayor detalle,
buscando relajarme con cada recoveco de luz que escudriñaba con la vista, entre
el humo del cigarrillo que ya agonizaba.
-
Buenas
Noches – se escuchó una voz en mi oído izquierdo.
No recuerdo si me deshice de la colilla del cigarrillo o si
finalmente se deshizo en mis manos, pero con tan solo escuchar aquella voz
desconocida a mi lado, una sensación, como una gota de mercurio en un
termómetro, bajo desde mi pecho hasta la base de mi estómago y luego volvió a
su sitio. Quedé paralizado por segundos mirando hacia la ciudad, hacia la nada,
antes de voltear a ver aquello que me flanqueaba.
-
¿Descansando
un poco? – dijo mientras se apoyaba de frente sobre la baranda protectora
del balcón y mirando hacia la ciudad.
-
Así
es. – respondí imitándola y apoyándome también de la baranda con mayor
confianza y mirándola de reojo – Hay noches en las que uno simplemente no puede
concentrarse en el trabajo.
-
Ah,
si. En mi caso serían entonces todas las noches. – respondió con más confianza
– La idea es cambiar siempre para no caer en la rutina.
-
¿A
que te refieres?
-
Bueno
a mantenerse siempre en movimiento. No podemos conformarnos en hacer siempre lo
mismo. Yo hablo de cambiarse con frecuencia de sitio, cambiar de turno, variar
las rutas….
-
…y
a jugarle bromas a los demás… – le interrumpí en tono bromista y mirándola.
-
¿Cómo?
– respondió extrañada -
-
No,
nada – le dije y eché una mirada hacia el ascensor que aún
seguía abierto – es que esa es otra forma también de entretenerse que tienen
ustedes los que vigilan, ¿no?. Yo conozco a los de aquí –
-
Bueno,
eso depende de…
-
Creo
que hemos sido maleducados. – le interrumpí para dar por terminado el asunto
– Me llamo Roberto.
-
Ah,
si, cierto, de verdad que si. – dijo con pena y me extendió la mano - .Me llamo
Zaida, mucho gusto.
-
Y
cuéntame Zaida. ¿Cómo ha estado la noche?.
-
Extraña.
-
¿Cómo
así?
-
No
se, es como que hoy algo no anda bien en este sitio. No me siento muy cómoda.
Si su seriedad al decir las cosas no se hubiese reflejado
tan claramente en su rostro, inmediatamente habría pensado que su interés
verdadero era generarme un susto en confabulación con los otros vigilantes.
-
Puede
ser el frío en las oficinas, muchos se han quejado de enfermarse por eso. – le
dije
-
No,
es como otra cosa. ¿Tu nunca has sentido muy dentro de ti que no quieres estar
en un sitio?. No es un pensamiento sino más bien como una sensación.
-
A
veces. Es presentimiento. Pero en mi caso casi siempre me equivoco cuando
siento esas cosas. Trabajar de noche, en soledad, y aislado, siempre te deja
con una carga de paranoia.
-
Es
posible, pero es que tampoco hay nadie con quien hablar y eso inquieta.
-
¿Cómo
que nadie? – refuté extrañado – ¿y que hay de los otros dos vigilantes del
edificio?
-
¿Cuáles?
– respondió con absoluta convicción – no los conozco. ¿En dónde andan?, ¿cuándo
los ves?
Me quedé mirándola a los ojos, algo escéptico por la pregunta,
pero nuevamente su rostro indicaba claramente que hablaba en serio. Me incomodaba un poco la situación.
-
Están
en tu mismo turno. Es más, los dos me han dicho que te han saludado y,
apropósito, ambos están ahora en planta baja. - respondi
-
¿Tu
hablas de ellos? – respondió con un aire de decepción – Nos hemos cruzado por
alguno de los pasillos pero no hemos tenido oportunidad de entrar en contacto.
No así, como ahora.
-
Si
quieres bajamos y te los presento, ¿te parece? – le dije buscando devolver la
formalidad a la conversación.
-
Muy
bien, - respondió cortando el intimismo - pero primero me tienes que obsequiar
un cigarrillo, ¿si? -
-
Con
mucho gusto – le dije, y saqué la caja de mi bolsillo con el encendedor.
Mientras fumaba el cigarrillo recostada de la baranda
mirando hacia la ciudad, pensé un poco en el extraño suceso del ascensor y las
huellas de las botas pequeñas que vi salir de él. Mire sus zapatos, y la talla
y forma de la suela eran exactas a la marca de huella. Quise conseguir una
confesión de ella y comencé a indagar:
-
Zaida,
sabes por casualidad, ¿que pasa con ese ascensor?. Ha subido más de dos veces
sin que nadie lo llame. ¿No te informaron de alguna falla o notaste algo raro
cuando subiste?
-
De
verdad no sé Roberto, – respondi sin voltear – no uso los
ascensores, soy claustrofóbica y por eso prefiero subir por las escaleras.
Despues de responder, fijó la vista hacia la ciudad en el horizonte. El cigarro a medio fumar se soltó de su mano y cayó por
el balcón. Lo vi caer lentamente hasta la planta baja y subí la vista para mirarle, pero permanecía
inmóvil con la vista fija y perdida en el horizonte.
Quise llamarle para sacarla de su distracción, pero de
repente, un hormigueo violento atravesó mi nuca de arriba abajo. Un escalofrío
invadió mis brazos y sentí la inexplicable reacción involuntaria de alejarme de
ella. Todo ocurrió en fracciones de segundos. Di dos pasos hacia atrás, voltee
hacia el ascensor y la puerta estaba cerrada.
Me giré a mirar a Zaida de nuevo y para mi sorpresa
estaba de frente a mi. Había recortado los pasos que había dado yo para
distanciarnos y ahora estaba casi cara a cara conmigo. Su mirada frontal me aterrorizó dejándome petrificado por un
instante. Eran unos ojos en trance que buscaban ver algo más allá de mi o de mi
alma, pero lo que me llevó al límite de mi espanto es lo que ví en ellos. Ya no
eran sus ojos y el color, que antes era marron oscuro, ahora era gris pétreo.
Levantó sus manos frente a mi, en la misma forma en que
una persona reza, con la diferencia que sus palmas estaban opuestas y sus dedos
doblados en forma grotesca. En seguida, comenzó a encorvarse en sí misma, a
doblar el tronco hacia delante, a la vez que sus brazos y antebrazos se
retorcían y sus codos se golpeaban. No emitía ningún ruido con su voz, y con el
silencio del lugar, podía escuchar el crujir de sus pequeños huesos ajustándose
a las extrañas posiciones que estaba asumiendo.
Sumido en pánico, reaccioné dando pasos lentos hacia
atrás sin dejar de verla. Cuando había algo más de dos metros de distancia
entre nosotros, la muchacha soltó los brazos en posición de descanso y bajó la
cabeza apoyando el mentón contra su pecho. Pareció calmarse. Estaba de pie pero
mirando hacia abajo.
Con algo de valor recuperado, me acerqué para averiguar
lo que le pasaba, sin embargo, apenas sintió mis pasos, levantó rápidamente la
cabeza y me dirigió una mirada fantasmal, con los ojos grises desproporcionadamente
abiertos y desviados de su posición normal.
Retrocedí espantado y vi como empezó a dar pasos lentos,
pero sonoros hacia mi, con el cuerpo encorvado hacia el frente sin quitarme la
vista de encima. Comenzó el “tac…tac…tac” de sus pesadas botas a invadir mis
oidos, y el escalofrío en mi cuello, como una corriente de ignición, puso en
marcha mi desesperado escape de esa mujer o lo que sea que fuese.
Corrí a toda velocidad hacia el ascensor de mi oficina y
pisé desesperadamente el botón de llamada. El aparato estaba en el piso 30 e
iba subiendo. Miré hacia el balcón buscando a la mujer pero no podía verla
afuera por la claridad que había en el corredor donde estaba. Golpee hasta el
cansancio la puerta del ascensor como si sirviese de algo para que llegara, sin
embargo, cuando este todavía iba por el piso 33, la figura de la mujer emergió
desde la sombra del pasillo de afuera hacia el corredor. Caminaba lento, pesadamente
y su mano derecha estaba posada en el aire a la altura de su cinturón muy cerca de la escopeta recortada a
su derecha.
Mi vida pasó frente a mí en segundos y pensé que esa
mujer tomaría el arma y me mataría. Quería usar el comunicador para pedir
auxilio pero el terror solo me hacía golpear la puerta del ascensor en busca de
escape.
La puerta milagrosamente se abrió cuando solo dos metros
me separaban de la mujer. Me tiré al ascensor y pisé cualquier botón que se me
atravesó. En este caso, y desafortunadamente, toque el 37. Las puertas del
ascensor se cerraron y lo último que vi fue el perfil de la mujer ante la
puerta a punto de girarse de nuevo hacia mí.
El ascensor empezó a subir y me dio un corto respiro,
pero subir al piso 37 no iba a liberarme de aquella mujer que había sido tomada
por algún ente demoníaco presente en ese piso. Estaba convencido de eso y mis
manos no paraban de temblar. En el poco tiempo que tuve, pensé en la forma de
escapar, pero no encontraba coherencia en mis pensamientos y el miedo me
impedía dar con alguna salida.
Dentro del ascensor, se activó el botón del piso 35, lo
que indicó que había sido llamado desde ahí. Pensé en que apenas abriera el
ascensor buscaría esconderme en algún baño o cubículo de ese piso. Al segundo,
sonó el indicador del ascensor de que había llegado al piso 37.
Al abrir la puerta del ascensor caí literalmente de
rodillas por el impacto que tuvo en mi corazón lo que ví. La mujer apareció de
las sombras de las oficinas en ese piso, a casi cinco metros de distancia y
caminó hacia el ascensor con la vista fija en mí. Ahora, emitía sonidos
guturales de cansancio y extenuación. Nada tenía explicación. Mi mente daba
vueltas y estaba en blanco, sin saber qué hacer. ¿Cómo era posible que subiese
3 pisos en solo segundos?. ¿Cómo llegó ahí? Las escaleras estaban lejos del
ascensor, ¿en cuánto tiempo las subió? Mi cabeza daba vueltas y estaba saturada
de preguntas, sin embargo, por más espantosas que fuesen las respuestas, ni el
espanto, ni la duda, me salvarían de morir en ese piso, esa noche.
Tenía que escapar de ahí en ese momento. Por eso,
tomando la decisión menos lógica, salí del ascensor en ese mismo piso, pasé a
un lado de la mujer y corrí hacia los pasillos internos, golpeando y
forcejeando puertas buscando donde esconderme. Todo estaba cerrado. Las únicas
puertas que permanecían abiertas eran las de los sanitarios. Corrí hasta allí y
me encerré en el de caballeros.
El baño, a diferencia de las oficinas, estaba totalmente
iluminado y esto me daba una falsa sensación de seguridad ante todo lo que
estaba afuera. La típica percepción humana de que la luz es sinónimo de bondad
y la oscuridad de maldad o peligro. Ya decía yo que los fantasmas no existían
porque para todo el mundo salían solo de noche, lo que era absurdo para mi,
puesto que un fantasma debía seguir siendo fantasma fuese la hora que fuese.
Era escéptico entonces porque los cuentos siempre indicaban que los fantasmas
no aparecían cuando ellos querían sino cuando la persona que los veía se sentía
precisamente más predispuesta a verlos.
Pero ya esta experiencia superaba todos mis prejuicios y
todo escepticismo. Allí estaba yo, encerrado en un baño, en el penúltimo piso
de un edificio, escapando de lo que a todas luces parecía una posesión
demoníaca. El baño y su claridad, me daban unos segundos para pensar y por un
momento consideré quedarme ahí, seguro, hasta que se hiciese de mañana.
Tomé el comunicador y llamé de inmediato a Ramón pidiendo
auxilio. Había interferencia en el comunicador pero alcance a decirle que algo
extraño le había pasado a la mujer, que había perdido la conciencia y había comenzado a perseguirme con su arma enfundada
en el cinto hasta el piso 37. Les dije que mandaran ayuda de inmediato porque
estaba encerrado y ella estaba en el mismo piso que yo, a lo que me
respondieron que ya iban subiendo pero por el ascensor de emergencia pues el
ascensor principal no quería bajar del piso 37. Se oían preocupados, pero
venían en camino.
Quise calmarme un poco y me acerqué a uno de los
urinarios para descargar el miedo. Mientras orinaba apoyé mi cabeza sobre la
pared para relajarme un poco con el sonido del agua.
No había caído en cuenta, pero a mi lado izquierdo
comencé a escuchar un sonido de agua corriendo como si se hubiese abierto una
tubería. Giré la cabeza a ver hacia los lavamanos, y vi que de los tres que
había, el del centro había comenzado a botar agua por el grifo. No presté mayor
atención por un segundo porque es común que los grifos de los baños anden
defectuosos y las llaves de paso no funcionen, pero, como un rayo de sabiduría,
recordé que todos los grifos de los lavamanos de los baños no utilizaban llave
sino que se activaban automáticamente al acercar las manos.
Dejé de orinar de inmediato. Desde el urinario, me quedé
viendo el grifo que seguía botando agua profusamente sin parar. No se
escuchaba ningún otro ruido más que el agua corriendo por el lavamanos. Sentí
de nuevo el escalofrío de algo extraño en el lugar, pero miré hacia todas las
esquinas del baño y no ví nada. Miré por debajo de las puertas de los
sanitarios y tampoco había nada raro.
Me voltee hacia los lavamanos y me acerqué al que estaba
botando el agua. Lo inspeccioné con la vista pero no percibí nada extraño. Sin
embargo, justo cuando fui a colocar las manos bajo su grifo para lavarlas, el
bote de agua se detuvo de inmediato. Me incorporé preocupado, y metí las manos
debajo para activarlo pero no funcionó. Tenía frío y sentía también que en ese
lugar, lleno de luz, algo no andaba
bien. Me quedé quieto, no respiré ni hice ni un solo ruido. Solo se escuchaba
el susurro constante de las lamparas fluorescentes del techo. De repente,
sentí que el vello de mis brazos se erizaba y el silencio se volvió tormento
dentro de ese baño.
Repentinamente, desde detrás de la puerta de salida del
baño, se escuchó, un susurro nervioso, una voz desgastada, anciana y enferma
que repetía: “No mires ahí, sal de ahí. No mires ahí, sal de ahí”. Quise
obedecer, pero no lo hice. Subí la mirada hacia el espejo para ver mi rostro de
preocupación pero, en el reflejo tras de mi, vi algo extraño bajo la puerta de
uno de los sanitarios.
Acerqué mi cara al espejo para enfocar mejor el reflejo
pero la ráfaga de pánico que me atravesó, luego de ver lo que estaba detrás, me
hizo levantarme de súbito, pero inexplicablemente, como la primera vez, me dejó
paralizado. Algo de ruido se escuchaba detrás de mi cabeza y, aunque
aterrorizado, no pude evitar voltear a mirar lo que había visto en el reflejo.
<<No mires ahí, sal de ahí…No mires ahí, sal de ahí>>
Giré lentamente mi cabeza y miré hacia la parte de debajo
de la puerta de uno de los sanitarios y ahí vi, con las plantas mirándose cara
a cara y apoyados sobre el suelo de porcelanato, un par de pies descalzos muy
pequeños, sucios y ennegrecidos. Eran los pies de un niño. El terror, pavor, y
todas las emociones más espantosas posibles me invadieron en el encierro de ese
baño, pero sin embargo, no puede reaccionar de inmediato para escapar. Los pies
jugueteaban bajo la puerta y un susurro, como un canto de cuna, se escuchaba
detrás de la divisoria, pero invadía todo el lugar, y era tan fuerte, que la
advertencia que venía desde la puerta de salida, había dejado de escucharse.
Con la mirada perpleja, una lágrima nerviosa brotó de mi mejilla y empecé poco
a poco a retroceder hacia la salida.
Repentinamente, los pies sucios y llenos de carbón dejaron
de jugar, el susurro de la canción se detuvo, y las plantas de los pies se
pusieron, con un golpe seco, sobre el
piso en posición firme como de quien va a intentar levantarse de donde está
sentado. Se escuchó por última vez desde la salida:
<<No mires ahí, sal de ahí!!>>
Fue en ese instante, cuando no puede aguantar más el
pánico y el terror, que salí a toda carrera de ese baño, no sin antes romper la
cerradura del pomo que se había negado a abrirse.
Ya nada me importaba, salí en busca de mi destino, de mi
muerte o mi espanto a manos de aquella otra cosa que me estaba esperando en lo
pasillos. Corrí por todo el lugar pero no dí con su rastro, seguí corriendo en
busca del ascensor principal pero al llegar a él miré hacia la antesala más
grande frente al corredor, donde había visto a la mujer caminar hacia mí, y me
di cuenta de que los dos vigilantes ya habían llegado. Estaban con la muchacha,
dándole aire e hidratándola mientras estaba sentada y casi inconciente en una
de las sillas de la recepción.
Me acerqué corriendo y jamás había sentido tanto júbilo
como en ese momento. Al verme, los vigilantes me hicieron una pequeña broma por
la cara de pánico que notaron en mí, pero luego su actitud se volvió más
respetuosa y cauta:
-
¿Qué
fue lo que pasó aquí Roberto? – preguntó José
-
José,
- respondí con una pausa y el corazón acelerado – no se qué decir, no sé como
explicar nada de todo esto.
-
Yo te lo dije Roberto, yo te dije a ti eso –
dijo Ramón mientras daba aire a la chica.
-
Pero
¿qué cosa, tu estas loco? – le grité nervioso – esa mujer, yo no
se qué coño le pasó. De verdad que pensé que me iba a matar.
-
¿No
sabes lo que le pasó?, Roberto de verdad que tu no sabes nada de lo que a veces
sale por aquí, ¿verdad?.
-
Claro
que lo sé! –respondí furioso - ustedes me han tenido hasta la madre con esa
pendejada de lo que sale aquí.
-
Si,
pero hasta hoy no te habías creído nada de eso, ¿o sí? – dijo José mientras
llenaba un vaso de agua desde un filtro.
-
No,
para nada que no –
-
Amigo,
en este edificio salen todas las cosas raras que te puedas imaginar. Aquí hay
fantasmas, espíritus moradores, y hasta demonios. – dijo Ramón.
-
Si,
eso está en todos lados aquí – continuó José – Viejo, yo he tenido que limpiar
paredes con manchas que tienen la forma de Cristo empalado, vírgenes desnudas
con cruces al revés y otras depravaciones así. Aquí hay maldad amigo mío.
-
Pero,
esa mujer estaba como poseída – le dije – ¿eso era entonces un demonio?
-
No
viejo, ese, gracias a Dios, era un espíritu morador. Un demonio, cuando menos
te habría atacado a la primera – dijo Ramón.
-
Esas
cosas aprovechan cuando hay gente con el alma y el espíritu débil, para
metérsele y hacerles cosas – dijo José – yo había visto de todo pero nunca una
posesión.
-
Pero el problema es que la mujer estaba armada José – respondió Ramón – y
se puede meter en un terrible problema. Para mi que mañana la despiden, ya
viene gente de la empresa en camino.
Me apresuré en contarles con lujo de detalles lo que me
había pasado y ellos no escatimaron esfuerzos para explicarme y
“tranquilizarme” por todo lo que había visto. Ambos se miraban las caras con
sorpresa al escuchar parte de mi relato, como si jamás hubiesen pasado por eso,
pero la mayoría de las cosas las asumieron con calma:
-
Aquí
lo que hay que hacer es acostumbrarse – dijo Ramón sin dejar de darle agua a la
muchacha – por ejemplo, por lo que me cuentas, estoy segurito que a esta chica
la tomó el espíritu que nosotros llamamos por costumbre “El Don”.
-
¿El
Don?
-
Si,
es un fantasma o un alma en pena de un viejo. Sale siempre en los pisos altos.
Nadie sabe como coño se llamaba ni qué le pasó pero dicen que trabajaba aquí y
murió durante su horario, pero nadie, absolutamente nadie, se percato de su
muerte hasta los dos días cuando estaba pudriéndose y la gente sintio el olor en su oficina.
-
Dios!!
-
El
viejo al parecer no tenía contacto con nadie de la oficina – dijo José – era un
amargado, y para completar, mal educado. Se metía en la oficina y a nadie le hacia
caso, por eso nadie le hacía caso a él.
-
Si.
Y entonces dicen que anda penando por aquí. Lo reconoces cuando sale por los
pisos porque deja las huellas marcadas en el suelo, de los zapatos y del bastón
– continuó Ramón.
-
Así
que la marca era del bastón - dije
-
Si.
La cuestión del ascensor subiendo, y los dos pares de huellas que viste en el
corredor, seguro eran las pisadas de la mujer y las del viejo que caminaba justo
detrás de ella. El morador sabía que la mujer era sensible ante ellos.
-
Claro,
y lo que dices de la mano de ella frente de la cintura a un lado del arma no
era que iba a matarte, sino que esa es la posición en la cual los viejos ponen
su bastón para caminar. Estaba como caminando con un bastón.
-
Dios
mío! – respondí espantado mirando a la chica desmayada con un poco más de
entendimiento – De verdad que sentí que tomaría el arma y me dispararía.
-
Pero
lo que si no me explico, es cómo subió los pisos a toda velocidad y se encontró
contigo en el 37 – dijo Ramón - ¿tú que crees José?
-
Ni
idea – respondió – puede haber involucrado algún otro espíritu en eso, pero el
hecho es que te estaba buscando a ti Roberto.
-
Ah
no, si, eso si Roberto – dijo Ramón con preocupación – de veras, ándate con
cuidado porque lo de la mujer llegando al piso casi de inmediato y lo que
contaste de los pies del niño en el baño no luce bueno.
-
No,
para nada que no – respondió Jose – eso no lo habíamos visto. Dos pies llenos
de sucio y además de niño, dicen de un alma atrapada y torturada, bueno así
creo yo.
-
Había
una voz en el baño, una voz anciana que me pedía, casi me imploraba que me
saliera de ahí - les dije a ambos.
-
Tal
vez era ella – dijo José señalando a la chica – poseída aún por el viejo,
tratando de advertirte.
-
¿De
qué?
-
De
que estabas en presencia de un demonio dentro de ese baño. Iba a atacarte, pero
afortunadamente le escuchaste y saliste – dijo severamente Ramón – tuviste la
suerte de tu vida Roberto.
En ese momento, la chica, la vigilante, recobró el
sentido. Poco a poco se fue reincorporando, hidratándose, y cuando ya estaba
bien del todo, los jefes de las oficinas y los supervisores de seguridad del
edificio ya habían invadido el piso y comenzado la investigación.
Los investigadores empezaron a interrogarle. Ella comentó no recordar nada de lo que había
hecho después de llegar por el ascensor a mi piso. Cosa rara porque claramente
me había mencionado que sufría de claustrofobia y solo usaba las escaleras.
Cuando le preguntaron su nombre completo para el reporte,
todas mis dudas sobre ella se aclararon. Se llamaba Luisa Castillo. La mujer
que había conversado conmigo en aquel balcón, Zaida, era en realidad uno más de
los espíritus que moraban el edificio. El magnetismo de Luisa al ser una
persona de alma débil, habría atraído, cual miel a las abejas, al par de animas
que rondaban ese momento por el piso 35, y habiendo marcado sus erráticas huellas tras de ella,
habían dejado constancia de su desesperado intento de hacer contacto con
nosotros.
Toda nuestra conversación se basó realmente en su
penuria, como el ánima sin descanso que era dentro de ese edificio. Cada línea
de nuestra charla lo decía, y sus palabras lo revelaban:
“…No podemos conformarnos en hacer
siempre lo mismo. Yo hablo de cambiarse con frecuencia de sitio, cambiar de
turno, variar las rutas….”
“…¿Tu nunca has sentido muy dentro de
ti que no quieres estar en un sitio?. No es un pensamiento sino más bien como
una sensación…”.
“…es que tampoco hay nadie con quien
hablar y eso inquieta…”
“…¿Tu hablas de ellos?. Nos hemos
cruzado por alguno de los pasillos pero no hemos tenido oportunidad de entrar
en contacto. No así, como ahora…”
<<Como ahora…, como con Luisa Castillo>>
La vigilante fue despedida al día siguiente. Yo por mi
parte, empecé a trabajar el turno de día, buscando alejar mi mente de aquellas
perturbadoras experiencias de esa noche, sin embargo, el par de pies infantiles
ennegrecidos jugueteando bajo la luz de neón es una imagen que no abandona mis
pensamientos, y la canción de cuna tras la puerta de metal no deja de
atormentar mis oídos. Algo me ha estado siguiendo desde esa noche, y mi mayor
temor es que, muy dentro de mí, siento que no me abandonará por el resto de mis
días.
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